La mano, la boca y la sopa
Las derrotas nunca son dulces, son derrotas. Te las puedes tomar mejor o peor, pero has perdido, y cuanto antes asumas que aquella historia, en este caso la Champions, ha terminado y ahora tocan otras empresas, mejor. Digo esto porque es muy razonable la reacción que ha tenido mucha gente en relación con la derrota ante el Inter, y no está de más manifestar el orgullo por el cambio de chip de este equipo, que ha llegado mucho más lejos de lo que la inmensa mayoría esperábamos. Y así como en la victoria las unanimidades y los elogios son sencillos de conseguir, en la derrota no lo son tanto.
En este caso, y más allá de algunos despropósitos puntuales, el equipo puede sentirse muy reconfortado por el trato recibido, justamente después de la derrota y de la desilusión por no poder llegar a la final de la Champions. Este equipo, además de una combinación explosiva de juventud con la sabiduría de algunos veteranos tiene carácter propio y cada jugador es valioso por sí mismo (Lamine es Lamine y haríamos bien en dejar de compararlo de manera permanente) y todos lo son por el equipo que han sabido construir, guiados por la mano sabia de Hansi Flick.
Hoy nos jugamos la liga con el Real Madrid. Y al Madrid nunca hay que menospreciarlo. Pese a que su temporada es realmente floja, que tiene la defensa titular en la enfermería y que el entrenador ya ha comprado billetes hacia Brasil, el Madrid siempre es el Madrid. O sea, que toca jugar mejor que nunca, olvidar la última derrota, dejar el cansancio para el día siguiente y atar bien esta liga, que sería el colofón a una temporada fantástica. Y no olvidar que, como bien dice el refrán, de la mano a la boca se pierde la sopa.
