Un paraguas para el Barça

Aún estoy sorprendido por el desenlace de la fase de clasificación de la Champions League. Cuatro goles al Real Madrid en Lisboa y, la noticia, ningún penalti a favor de los blancos. El tanto de Anatoliy Trubin, el portero del Benfica. Fue histórico, como lo fue el reencuentro entre José Mourinho y Álvaro Arbeloa. El sustituto de Xabi Alonso sigue diciendo que el responsable de los malos e inolvidables resultados —Albacete y Lisboa— es él. Ya lo sabemos. Y Florentino Pérez también.

En Barcelona, otros cuatro goles, estos a favor del Barça, en su encuentro decisivo de clasificación contra Copenhague. La reacción fue buena, pero la defensa sigue siendo un coladero. Sin Pedri y Frenkie de Jong, el mediocampo también sufre, pero delante está Lamine Yamal, que es impresionante. Joan Garcia, por cierto, lleva dos cantadas. Iría bien que se serenara. Ya ha hecho lo más difícil: llegar hasta aquí. Ahora lo que le queda es regularidad, tranquilidad y cero riesgos.

Es divertido ver cómo en 45 minutos la tortilla europea dio una vuelta que invalidó todos los comentarios que se hicieron en la primera parte del Barça. Hay que esperar a que los partidos terminen. Y muchos continúan sin seguir esa pauta.

Pero, pese a la Champions, mi mente no consigue cerrar el capítulo de la tormenta de granizo que sufrió Barcelona el pasado domingo y la inundación que sufrió el Camp Nou. ¿Por qué diablos, Joan Laporta, no abrió un maldito paraguas? Respeto a quienes han considerado su acto como una maniobra electoral, populista pero efectiva, pero fue un error. La gente normal, cuando llueve, abre un paraguas.

Desde hace meses, con los amigos hablamos de qué ocurrirá si llueve mientras el Camp Nou no tenga cubierta. Han pasado ya varias semanas desde el regreso, y la verdad es que la primera prueba ante la lluvia fue lamentable. Laporta, en un alarde de laportismo, se mantuvo impertérrito, mientras los socios culés que sí decidieron refugiarse en los pasillos de la primera y la segunda gradería fueron testigos de las mayores goteras-cascada de la historia.

Siempre ha existido el temor de que este estadio no tenga unos buenos acabados. La sospecha se está convirtiendo en realidad. La escena del pasado domingo señala, además, que hay mucho por hacer y que la entrega final del estadio será en un futuro muy lejano. Ese es el mensaje real de la lluvia y el granizo ante el Oviedo, no el acto de sacrificio infantil de Laporta.

El estadio no pinta bien. Sigo diciendo que los fluorescentes de los dos túneles del gol sur, que aparecen en todas las escenas importantes del juego en aquella zona, son dignos de un polígono de segunda categoría. Estoy seguro de que Francesc Mitjans, que con su obsesión por la estética y la perfección sí hizo un estadio que asombró al mundo, haría algún comentario sobre esos dos túneles, además de otras muchas cosas.

Una persona empleada del Barça desde hace años me hizo esta semana un análisis perfecto de la entidad. “El caos -contaba- es la norma; la improvisación, constante desde siempre, y la mala gestión, también; solo que en algunos momentos se producen momentos brillantísimos, que son los que nos permiten estar orgullosos”.

El Barça claramente necesita un paraguas: primero, para proteger a esos miles de socios que no se merecen estas lamentables obras del Camp Nou; y segundo, para poder empezar una etapa seria sin papeles mojados, de gestión transparente y lejos del populismo, una filosofía que no se acomoda a la idiosincrasia de este maravilloso e imperfecto club.

Cargando siguiente contenido...