
La revuelta ciclista a España
PANTALLA PLANAS
La etapa de ayer de La Vuelta, a su paso por Bilbao, tuvo que ser neutralizada. Carlos de Andrés, a falta de 15 kilómetros, advirtió a la audiencia: “Me comunican por línea interna que no va a haber ganador de etapa y que se van a tomar los tiempos a 3 kilómetros de la línea de meta. Yo no puedo verlo ahora, pero entiendo que habrá sucedido algo”. Lo apuntó casi como si fuera un enigma, como si no supiera cuál podía ser la causa del problema.
Pero unos kilómetros antes, en la última ocasión en que vimos los corredores pasar por la zona de meta, los espectadores detectamos la abundancia de banderas palestinas, los manifestantes y algunos tumultos, con personal de seguridad intentando contener las barreras laterales para que no invadieran la carretera. En ese momento, se limitaron a comentar que “hay muchísimo público aquí en la meta”.
Llevamos una semana con la misma situación a diario, pero se crea una especie de relato ambiguo que intenta no pronunciar las palabras “Palestina” e “Israel” e intenta no dar mucho contexto a la protesta que se ha repetido a lo largo del recorrido. Se da por sabido el conflicto y se evita incluirlo con normalidad como parte de la realidad de La Vuelta.
Carlos de Andrés ampliaba un poco más la información: “Es para evitar cualquier peligro tanto para manifestantes como para los ciclistas. Ya ven que está… no invadida, pero sí que bastante llena de gente. Y para preservar la seguridad de todos, de los espectadores y de los ciclistas se ha decidido pone el punto final a la etapa”.
La realización también procuraba, en lo posible, no mostrar el altercado ni prestar atención al problema que está afectando a la organización de La Vuelta y generando noticias en la prensa. En directo, se minimizan los hechos. Una retransmisión que se caracteriza precisamente por su capacidad de contemplar todo lo que sucede a lo largo del recorrido, en esta ocasión procura hace la vista gorda. Ni activistas, ni protestantes, ni altercados, ni contexto.
Una vez más nos encontramos ante esta paradoja informativa, donde el propio periodismo es el que, contra su propia esencia, decide no contar. Con el pretexto de no promocionar, no publicitar o no dar cobertura a las reivindicaciones, se cae en una ambigüedad y en unos rodeos que acaban por caer en una fantasía que pretende separar el deporte de la actualidad, como si fueran dos realidades paralelas desconectadas. Una lástima.