Periodista

Hijos de un dios menor

Mourinho empezó a perder la eliminatoria (3-1, global) en Portugal y discípulos en Madrid, cuando veladamente criticó la celebración de Vinicius en Da Luz, cuya consecuencia fue la respuesta racista u homófoba, que tanto da, del gamberro Prestianni. El alborozo de Vini es inversamente proporcional a su calidad; sus celebraciones no ofenden, lo que jode al graderío local es que se muestre soberbio y prepotente y sea incapaz de contenerse, en gestos y palabras. Mou defendió a su pupilo criticando al brasileño –lo común en nuestra sociedad: insultar al contrario en lugar de pedir perdón por nuestros errores– y así redujo el número de seguidores madridistas que después de tantos años continúan adorándolo. Aunque el mito se cae, se inclina, ni se derrumba ni desaparece porque una secta jamás pierde la totalidad de sus apóstoles. 

Quedaba, no obstante, el partido de vuelta, sin Mbappé, con la responsabilidad sobre los hombros del joven Gonzalo, y en el Bernabéu sucedió que marcó primero el Benfica (Silva, 14’) y empató Tchouaméni (16’). El Madrid se mostraba incómodo, tierno en defensa, con Courtois cual ejército de salvación, mientras Mourinho dirigía a sus huestes desde un palco y todos comparecían como hijos de un dios menor, salvo Valverde y el portero belga, muy por encima del resto. 

Avanzaba el cronómetro, el Madrid acariciaba la clasificación para octavos, el Benfica empezaba a flaquear y el talento del mejor se imponía (Vinicius, 2-1, 80’) a la voluntad del que empezó a entregar la eliminatoria en el partido de ida. Mourinho ha perdido una batalla y se ha dejado en el camino cientos de seguidores. Arbeloa respira, pero sin alejarse de la bombona de oxígeno, y sobrecogido, como todo el mundo, cuando Asencio fue retirado en camilla. Manchester City o Sporting de Portugal le esperan.

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