El Barça atraviesa el peor momento de la temporada. Lo dicen los números y también las sensaciones que transmiten tanto los jugadores como los responsables deportivos. En el último mes y medio se han perdido 4 partidos (Madrid, Shakhtar, Girona y Amberes), se ha empatado otro (Rayo), y solo se han conseguido 4 victorias por la mínima y sufriendo ante Real Sociedad, Alavés, Porto y Atlético. Ya no se trata de un mal partido o de un accidente puntual. Es una racha de 9 partidos, desde la derrota en el Clásico, sin que el equipo acabe de levantar del todo la cabeza. Es cierto que ha jugado bien a ratos, que ha habido mala puntería y un poco de mala suerte en algunos aspectos, pero en general el Barça de Xavi está inmerso en una dinámica negativa que indica que algo no funciona como es debido. Ni dentro del vestuario ni tampoco fuera, sobre todo, después del episodio esperpéntico del cambio en la convocatoria para viajar a Bélgica.
Ayer se dejó al entrenador solo ante el peligro y no estuvo bien. En momentos de dudas y de desconcierto se necesita una línea argumental clara desde todos los estamentos del club. No hubiera estado de más que el presidente Joan Laporta, o alguien del área deportiva, hubiera dado la cara para rebajar la tensión después de dos derrotas seguidas que han hecho daño y de paso felicitar al equipo por conseguir la primera posición de su grupo en la Champions. A veces un silencio puede ser ensordecedor y amplificar esta sensación de desconfianza. El partido de Mestalla tendrá algo más que tres puntos en juego. Xavi lo catalogó como una final. Lo será tanto para su credibilidad como técnico, como para los jugadores, el presidente y todo el proyecto. Otro tropiezo encendería aun más las alarmas justo antes de Navidad. Tiemblan los turrones en Can Barça.