Carlo Ancelotti es un excelente entrenador. Lo ha demostrado. Es un maestro en gestionar vestuarios de grandes cracks y una figura siempre ligada al club que entrena. En la locura anti arbitral en la que se ha instalado el Madrid oficial, el técnico italiano se ha visto arrastrado por las iras y la presión de la institución. No ha sabido bunkerizar al vestuario y los jugadores, los entrenadores y la cúpula blanca han avivado el tsunami que culminó con un comunicado inédito y una guerra que perjudica la competición. Cuando un club lanza una campaña tan brutal es difícil apartarse. El Ancelotti del Bayern fue contundente contra las decisiones que perjudicaron al equipo alemán en la Champions frente al Madrid, pero el Ancelotti del Real se ha sumado a alimentar la versión oficial de disparar a los colegiados sin ningún recato. El entrenador italiano se ha puesto numerosamente las manos a la cabeza cuando las decisiones arbitrales no le beneficiaban. No ha podido o no ha sabido alejarse del relato emanado de las alturas.
Hansi Flick les dijo a sus jugadores desde el primer momento de su llegada al club blaugrana que no perdieran energías con los árbitros, a pesar de estar sometidos a mucha presión la temporada anterior no solo con el caso Negreira en primera página sino también con la actitud de un Xavi molesto con muchas decisiones arbitrales. “No buscaremos excusas” fue siempre la línea de Flick que, además, fue expulsado y sancionado por hacer un gesto propio no contra el árbitro sino consigo mismo visualizando su enfado. El Barça ha mantenido últimamente la línea del entrenador, aunque se puede apreciar que es una decisión contenida, más que natural, ya que en el club blaugrana no se acepta ese cambio de relato que trata de colocar al Madrid como víctima cuando en la historia siempre ha sido verdugo. El vestuario del Barça ha seguido más la línea Flick de no gastar energías y el blanco no ha parado de encarar a los colegiados. Tiene razón el entrenador alemán de que ahora hay que proteger más que nunca a los árbitros porque el ataque va más allá de las decisiones de la competición. Es una campaña institucional orquestada.