Goza el Barça de la fortuna de tener futbolistas que parecen ya formados, suficientemente hechos, preparados para convertirse en los nuevos ídolos y en los líderes del fútbol mundial. Son talentosos, gozan de habilidades desconcertantes para los rivales y admiradas por la afición. Muestran respeto con el público y también con el equipo contrario, raras veces protestan, pero son incisivos, como alfiles que cruzan en diagonal en busca del jaque o del mate definitivo.
Si exquisito resulta Lamine Yamal, cuánto de adorable es Pedri. Hay quien ya lanza las campanas al aire y habla de que los dos están en la disputa por el Balón de Oro. No sería de extrañar. No ganaron la Champions, pero hoy en día el PSG –con el permiso de Luis Enrique- carece de futbolistas tan resolutivos como los dos azulgrana. Y es verdad que lo que realmente vale es el equipo, lo que aportan los compañeros para que los cracks reluzcan. A sus 23 años, Pedri demuestra en cada partido que todavía tiene mucha madera que no ha utilizado al nivel de un número uno. Como en el partido ante el Levante. Ahí demostró que tiene mucho más, como esa decisión que tomó cuando recibió el pase de Lamine, paró el balón y soltó un “pedrisco” que significó un castigo para ese Levante que se había atrevido a toserle al Barça.
A Pedri le falta creer más en sus posibilidades, en decidirse a ser el mejor, a transmitir tal grado de confianza que los compañeros ya no solo lo busquen para que organice o asista sino para que también defina con un disparo divino.