Tiene sólo 18 años y ya ha quedado segundo en la última batalla por el Balón de Oro, señal de que es la gran aparición del fútbol mundial de la última década. Las camisetas con su nombre se ven a patadas y los niños se las piden a sus padres para imitar con ellas puestas los tiros y regates de su ídolo. Las marcas se lo rifan, su imagen inunda las vallas publicitarias y estrellas del fútbol le regalan elogios. Zidane, que es madridista, dijo hace poco: "Un jugador que me emociona cuando toca el balón es Lamine. Contra el Inter lo hizo todo él solo. Nunca había visto algo así en mi vida”. Teniendo en cuenta lo contenido que es el francés, mucho debe admirar al ‘10’ del Barça. Resumen: Lamine Yamal lo tiene todo en su mano para dominar el cotarro los próximos diez años. Pero debe querer pagar el peaje que ello conlleva, porque ser el mejor no sale gratis.
Y ser el mejor no pasa por llevar una vida de clausura monacal, pero sí implica no dejarlo todo a la inspiración de la genialidad ni a la vitalidad que da la juventud. Para ser el mejor y mantenerse hace falta conocer las servidumbres que comporta y aceptarlas. En la historia del Barça tiene el mejor ejemplo, un Leo Messi que aprendió a ser cada día mejor futbolista al tiempo que afilaba su cuerpo. Ahora a Lamine le llegan las primeras curvas tras el derrape de la Kings League, la derrota del Clásico y la puñalada verbal de Vinicius: “Sólo das pases para atrás”. Porque ‘Vini’ no es el más avispado de la clase pero no para de encarar y de irse. Y eso es lo que se le exigirá siempre a Lamine. Su reto es estar en las mejores condiciones para hacerlo.