Cuando un partido de fútbol se juega a la sombra de una guerra, resulta complicado poner el foco en el balón. Pero como no hacerlo significa darle la razón a los que apuestan por el terror, el Shakhtar-Real Madrid fue otra cosa distinta.
Y es que ya nada más salir al campo, los 22 protagonistas fueron recibidos por un mosaico en el que las banderas de Polonia, el país anfitrión del encuentro, y la de Ucrania se juntaban como lo hacen sus fronteras, generando una imagen dulce frente a todas las horribles que recorren cada día las televisiones del planeta.
Aquello fue una dosis extra de fuerza para los jugadores del Shakhtar, ucranianos en su gran mayoría, que encuentran en el fútbol la tregua que no les da la guerra.
De ahí que el resultado de esta noche ante el Real Madrid, actual campeón, sea lo de menos y pueda -más bien deba- entenderse de muchísimas formas más allá de la deportiva. La más importante: que el fútbol también sirve como antídoto contra el enemigo, aunque ojalá nunca tuviera que serlo.


