Por cómo había salido del club y después de lo que había sido dentro de él, el regreso de Sergio Ramos al Santiago Bernabéu no iba a ser un día más en la oficina de La Castellana. Desde el primer momento, en el calentamiento, el jugador recibió parte de un cariño que más tarde, eso sí, con el inicio del encuentro, se le negó. De hecho, se escucharon pitos cada vez que tocaba el balón porque ya se sabe que, con la pelota de por medio se esfuman los amigos.
En lo futbolístico, el sevillano jugó como si recordara de memoria todos los movimientos de los que un día fueron sus compañeros y los anulaba uno a uno para beneficio de su equipo, ahora el Sevilla. Fue el líder de la defensa visitante (Navas le había cedido el brazalete en esta noche especial) y sin llegar al nivel de cuando contaba por debajo de los treinta, completó un buen partido.
Le faltó la oportunidad de marcar gol. Ni siquiera tuvo a disposición un remate de cabeza de los suyos. Y dejó en el aire, para las mentes más imaginativas, lo que hubiera pasado en la celebración. Tanto en la grada como en el césped.
Sí que lo hizo su amigo Luka Modric, que firmó un gol como aquel que le encumbró en Old Trafford. Quizás se haya despedido hoy. Es una buena forma.
Casi más fuera que dentro
Más allá del fútbol, la noticia también estuvo fuera del campo. Primero con el saque de honor de Ilia Topuria, el campeón de la UFC que ya sueña con volver al Bernabéu para subirse al ring, y después con la lesión del colegiado, Isidro Díaz de Mera, que tuvo que dejar su puesto en el césped al cuarto árbitro.
La grada, en tono de broma, pidió que entonces arbitrara Negreira. El ingenio del fútbol patrio. Un ingenio que tampoco faltó en los aledaños, donde ya se venden incluso bufandas con la cara de Mbappé. El tiempo pasa tan deprisa en el Real Madrid que se viven las cosas antes de que pasen.

