Después de pasar los test de antígenos familiares, las vacunas exprés y de llevar mascarillas sobre mascarillas, los tres reyes magos de Oriente han estado en casa para dejarme una lámpara de regalo. No una de IKEA, sino una maravillosa y ya montada. Como era el único obsequio -no he debido portarme muy bien en mis artículos- la froté y froté con la ilusión de un niño y después de un buen rato, más o menos como en el tiempo de descuento de los partidos del Real Madrid cuando pierde, salió un genio y me soltó lo de los tres deseos. Como es un tipo cercano a Arabia Saudí, me guiñó el ojo como diciendo: “Chaval, no te equivoques”.
Me costó pocos segundos decidirme. Le pedí que el Barça gane al equipo de Florentino en la Supercopa, que es un torneo de aquí que se juega allí sin aficionados de aquí, con la reaparición de Ansu Fati y el debut de Ferran Torres. Como segundo deseo, y con un equipo que empieza a cautivar como lo hizo el de Guardiola, a pesar de todas las adversidades, le rogué pasar a la final de la mano de los más criticados y vilipendiados, con Luuk de Jong marcando el gol de la victoria y con un Ter Stegen providencial, y gracias a la magia de canteranos tipo Jutglà como reivindicación del camino del que nunca debemos salir, el de la cantera.
Con el tercero deseo me solté: que Dembélé se lo miré todo desde la grada hablando con Messi de lo que podían haber hecho en el Barça y que ahora tendrán que hacer en la ‘prisión’ del PSG viendo como Busquets levanta el primer título de la era Xavi. El genio me miró con cara rara, como las que suele poner Javier Tebas cuando habla del Barça, y me agradeció que no le pidiera un buen arbitraje. Eso no sería un deseo, sería un milagro.