El zapatazo

Modric aclara, Vinicius encuentra a Benzema y el balón, después del zapatazo de Valverde, en la red. A la sombra de la épica o al sol de la lírica, el Madrid suma: son quince partidos invicto. Quince, la niña bonita; equipo espléndido en ocasiones, ligeramente apagado en otras, que todos los días no son fiesta, pero siempre arriba. Aunque a veces, como en aquel encuentro con el Shakhtar, después de llegar 35 veces al área y de 14 disparos a portería el 2-1 maquillaba la exhibición ofensiva del campeón. O los tres goles anulados por fuera de juego en el Martínez Valero. Sin VAR alguno habría colado; mas ya se sabe, la máquina no yerra, lo que falla es el criterio.

Cuando está inspirado y el rival no es muy exigente, como el Elche, lo que propone Ancelotti, sea cual sea la alineación, es una fantasía animada que, de tan repetitiva, anestesia incluso a sus defensas, para mayor gloria de Lunin, suplente de garantías. De tal modo que el colista acaricia el empate en medio de lo que pudo ser la goleada que se resistía. Hasta tres veces intervino Benzema para sentenciar el partido. Pues no. Los milímetros que invalidaban sus acciones ilusionaban a la parroquia local, finalmente rendida a la calidad del Balón de Oro. A la cuarta fue la vencida, mediante taconazo sublime de Rodrygo. El Madrid juega bonito. La pelota en los pies de Kroos, o de Modric, entona la sinfonía, composición que a France Football le cuesta reconocer y se cubre de gloria cuando sitúa al ganador de la Champions, la Liga y las Supercopas detrás de City y Liverpool en la supuesta clasificación de la meritocracia. Craso error. Los zapatazos de Valverde, la sutileza de Benzema y el oportunismo de Asensio dan fe de ello (0-3).

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