¡Cántalo otra vez!

¡Cántalo otra vez!

Si se tiene un poco de amor y de gusto por este deporte llamado fútbol, el domingo en la final del Mundial de Qatar hay que ir con Leo Messi. Son muchos los motivos que me vienen a la cabeza, pero principalmente es una cuestión de justicia poética. El mejor jugador de la historia merece una Copa del Mundo en su extenso palmarés. Un futbolista que ha hecho felices a millones de personas dando patadas a un balón está absolutamente legitimado para recuperar un ínfimo pedazo de ese sentimiento transmitido con sus actuaciones.

En sus 18 años de profesional ha llevado a Argentina a dos finales mundiales y a conquistar la Copa América, una competición que no ganaban desde 1993. Con el añadido que lo ha hecho rodeado de una generación de futbolistas que no alcanzaban su calidad y su visión de juego. Sería cruel y doloroso verle perder otra final después de todo lo que ha hecho por su selección. La genialidad y la constancia tienen que ser finalmente premiadas con ese trofeo dorado.

Argentina ganó su último Mundial el 29 de junio de 1986 contra Alemania Federal en el estadio Azteca de México. Un torneo memorable de Diego Armando Maradona. Y casualidad o no, el destino quiso que justo un año después, el 24 de junio de 1987, naciera en Argentina otro zurdo, con un guante blanco calzado en el pie y con un don celestial de tratar muy bien al balón. Messi no es una persona cualquiera. Es un hombre pegado a una pelota de cuero y el fútbol le debe un Mundial. Andrés Calamaro tendría que reescribir esa maravillosa canción.

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