Llevamos bastantes horas, desde el miércoles por la noche, discutiendo sobre una jugada que nunca pasa, y mira que yo me tiré dos largas décadas jugando a esto. Al final, volvió a pasar el Real Madrid en la Champions a costa de un Atlético que se quedó fuera por una decisión que, sin entrar en más debates, me hizo preguntarme sólo una cosa: ¿Y si la película hubiera sido al revés, con uno de blanco resbalándose en un penalti? ¿De verdad esto habría quedado así, en una queja y ya está? Cuesta hasta imaginar hasta dónde se habría llegado.
En fin, colores aparte, otra reflexión que me deja esta intervención que acabó influyendo en la eliminatoria es que la tecnología puede que viniera al fútbol inicialmente con la voluntad de ayudarlo, pero cada vez más siento que el protagonismo del árbitro televisivo se está llevando el fútbol ‘de calle’, que en el fondo es el alma de este juego. Por querer explicarlo todo, se acaba por no explicar nada.
Agradezco que el buen juego del Barça, como vimos ante el Benfica, nos permita disfrutar del fútbol de siempre, el de los futbolistas, celebrado al momento sin retorcer nada. Tengo la sensación que el secreto de nuestro equipo es esa comunión de vestuario que, mira por dónde, igual ha sido posible por tener que mirar mucho más en casa que fuera. Para traer a según quién, mejor darle bola a estos chavales que sienten este escudo como propio y que, año tras año, ya parecen hasta expertos. No sé cómo acabará esto, pero a orgullo de club no nos gana nadie.