Hace unos meses, en el homenaje que recibió en Roland Garros, Rafa Nadal explicó cómo entiende la rivalidad y señaló cuál quiere que sea su legado: “Creo que no hay necesidad de odiar al rival para querer ganarle con todas tus fuerzas. Se le puede admirar y respetar al máximo y, aun así, querer ganarle con todas tus fuerzas y esforzarte al máximo para conseguirlo. Confío en que esto pueda ayudar a las siguientes generaciones. Este es el legado, más allá de los resultados.”
Nadal entendió muy bien que el deporte no es una guerra, sino un juego y que precisamente con este enfoque se alcanza el máximo rendimiento. La guerra produce crispación y ansiedad. El juego facilita la fluidez que lleva a la excelencia, a sacar el máximo de uno mismo, con un rival que no es un enemigo, sino quien nos empuja a desarrollar todo nuestro talento para llegar a la excelencia.
Los psicólogos insisten a los deportistas en que se centren en controlar lo controlable, es decir, lo que depende de ellos, que es dar el máximo, buscar la excelencia. Y el rival es un gran aliado para sacar todo nuestro potencial.
Otro aspecto a considerar es que la identidad no la da el rival, ni los logros, ni la validación externa. Es algo más profundo e interior que lleva a dar lo mejor de sí mismo, a sacar todo el potencial de los talentos que uno tiene, esta es la auténtica competitividad: dar lo mejor de uno mismo, y, cuando es así, se compite mejor. Cuando la identidad del deportista está bien cimentada, se pueden celebrar los éxitos de los rivales y dejar que nos inspiren en lugar de amenazarnos.
En la historia del deporte ha habido grandes rivalidades. Es quizá el boxeo el deporte en el que el contrincante puede ser visto de manera más negativa. De hecho, es quien te pega, si tú no le golpeas. En este deporte se cumple la máxima de que hay más alegría en dar que en recibir. Curiosamente, en el boxeo abundan los ejemplos de deportistas que, pasados los años, han acudido al rescate económico de su gran rival. Joe Frazier ayudó a su máximo competidor Muhammad Ali cuando este se encontraba en una situación muy complicada y más adelante, cuando se le prohibió boxear por negarse a ser reclutado en la guerra de Vietnam, presionó a las autoridades para que le permitieran volver a combatir. Años más tarde fue George Foreman quien le ofreció apoyo económico a Frazier, a quien había arrebatado la corona mundial en 1973. Manny Pacquiao fue otra leyenda del boxeo que ayudó a muchos de sus rivales, incluso pagó tratamientos médicos y funerales de algunos de sus adversarios.
Y es que el rival puede ser un gran aliado para sacar todo nuestro potencial. Y quien sabe si llegado el caso, nos pagará el funeral. Que no es poca cosa.