Tras finalizar el Challenge Salou a mediados de mayo, Judith Corachán (Sant Boi de Llobregat, 1984) anunció que este sería su último año como profesional. Su cabeza, más que sus piernas, dijo basta, y con el anuncio se quitó un peso de encima. Una liberación que le ha permitido volver a disfrutar del triatlón, de su deporte, en un adiós en el que sigue rindiendo a buen nivel mientras recibe el reconocimiento y el cariño que se ha ganado a lo largo de todos estos años. El último capítulo de una de las grandes referentes del triatlón nacional de media y larga distancia, que deja un legado que va mucho más allá de sus éxitos deportivos.
Después de más de una década en la élite, la catalana, de 40 años, se despide este domingo del panorama internacional en el Campeonato del Mundo de Triatlón de Larga Distancia, que se disputa en Pontevedra. El mismo escenario en el que se proclamó subcampeona del mundo en 2019, uno de los grandes hitos de su carrera. Entre muchos otros. Ganadora del Embrunman, podio en Roth, cinco veces campeona de España de Larga Distancia, tercera en el IRONMAN de Vitoria y en el de Nueva Zelanda, vencedora en Zarautz, en Salou… Un sinfín de logros que construyen una trayectoria ejemplar, marcada por la constancia, la humildad y la determinación.
Son precisamente esos valores los que le han permitido llegar a lo más alto a nivel deportivo y ganarse el respeto y la admiración de todo el mundo del triatlón. “Ni en el mejor de mis sueños podría haber imaginado que tendría la carrera que he tenido. Las lesiones me han respetado y he conseguido grandes cosas, prácticamente sin tener tiempo de asimilarlas. He disfrutado muchísimo y me considero muy afortunada, no cambiaría nada”, asegura.
Judith se inició en el deporte en el Club Natació L’Hospitalet, donde actualmente sigue entrenando. Aparcó la natación y descubrió el triatlón, un deporte que la cautivó y le cambió la vida. “Lo mejor que me ha dado el triatlón es haber podido descubrir a gente increíble. A Javi, mi marido, lo conocí en el Half de Vitoria de 2014. Me llevo también el cariño de la gente; es abrumador, la mejor recompensa”, afirma, emocionada.
Corachán ha sabido conectar con una comunidad que valora no solo a la deportista, sino también a la persona. Ha demostrado que se puede competir en la élite sin dejar de ser accesible, natural, cercana. En un mundo en el que en las redes sociales se suelen mostrar solo los triunfos, la triatleta también ha compartido sus dificultades y decepciones. Ha expuesto sus miedos, ha hablado de la presión y de la salud mental, de la dificultad de conciliar la maternidad con la alta competición y, en definitiva, de la cara menos visible del alto rendimiento.
Lejos de los focos del deporte mayoritario, ha sido un ejemplo dentro y fuera de la competición. Referente para muchas mujeres —y no solo mujeres— que se han lanzado al triatlón inspiradas por su forma de competir, pero también de vivir y entender el deporte.
Después del Mundial, Corachán se colgará el dorsal en el Triatlón de Pálmaces (26 de julio) y dirá adiós definitivamente en el Total Tri Mallorca (11 de octubre). Por ahora, no ha tenido demasiado tiempo para pensar en lo que vendrá. Un futuro en el que quiere “gozar de más libertad, sin la rigidez que conlleva ser profesional”. Seguirá participando en carreras, explorando otras disciplinas como el trail o las aguas abiertas. Continuará vinculada al triatlón como entrenadora, ayudando a sus deportistas a alcanzar sus metas. Y, sobre todo, podrá dedicar más tiempo a disfrutar de su familia, que la ha acompañado a competir por todos los rincones del mundo, de su marido, y de su pequeña, Haru. Judith dice adiós a la élite y lo hace como ha vivido su trayectoria deportiva: con humildad, trabajo y una sonrisa. Se lleva el respeto de sus rivales, el cariño de la afición y la certeza de haber vivido su camino con autenticidad.


