Me acuerdo del Real 0-1 Poli Ejido. Era un domingo de 2007. La Real tocó fondo y yo lo sufrí con mi padre y hermano en un gélido y viejo Anoeta. Han pasado casi 16 años. Cualquiera que dijera allí que alguien de la talla de David Silva jugaría en la Real podría haber sido internado en algún centro médico. Es mágica la evolución del club, igual que el fútbol de un jugador especial, diferente.
También me acuerdo de su fichaje. Salía de trabajar en EiTB. No me creí el tuit del club. Un maniquí silbando, en medio de Anoeta. Me costó dormir de la emoción aquel día. Porque el canario ha sido uno de mis jugadores favoritos. Siempre. Me emocionó en su etapa en el City, elevado al máximo nivel por Guardiola. Y decidió venir a la Real, tras ganarlo todo, en vez de bañarse en dinero en Arabia Saudí. Y ha conseguido ser feliz aquí y hacernos felices a todos. Con su grandeza ayudó a levantar la ansiada Copa, pero es mucho más. Un ejemplo, referente para jóvenes imberbes que no han empatado con nadie, porque cómo no se van a esforzar mientras él, con 37 años, se deja la piel en un barrizal en Coria. Es un futbolista de los que marcan época. Hay una gran frase de Benzema que le va perfecta: “Juego para los que saben de fútbol”. El canario fue menospreciado por los que del deporte rey sólo conocen lo artificial y no el juego, hasta que ya era un total acto de negación no elevarle al olimpo del fútbol. Su pérdida es enorme pero su fútbol ya es eterno. No lloro porque terminó, sonrío porque sucedió. Mila esker, mago. Guárdate el último truco.